domingo, 30 de mayo de 2010

El jardín de la alegría

Las relaciones personales son como las hojas de los árboles, unas perennes y otras caducas. El caso es que no siempre se tiene la intuición suficiente para saber, cuando alguien se cruza en tu vida, si ese vínculo durará para siempre, o si desaparecerá al llegar el otoño.
Yo tengo un gran jardín lleno de árboles, éstos, perennes y caducifolios, ejercen una inevitable influencia en lo que soy hoy en día, pues no sólo las decisiones que nosotros mismos tomamos nos marcan el camino, también las decisiones ajenas nos van modelando como si fuéramos barro.
Hay en mi jardín un olivo milenario, que ya quisiera Botín para su colección. Es el olivo de mi familia. Tenemos un tronco común tan fuerte y resistente, que no permite que el peor temporal le arranque ni una sola hoja. Este tronco es mi abuela.
De Granada me traje una semilla, que pese a no tener muchos años de vida, ha echado unas raíces tan profundas, que no tiene necesidad de desprenderse de sus hojas en octubre. Ahí están mis niñas. Ya podemos ser cada una de nuestro padre y nuestra madre, ya estemos separadas por cientos o miles de kilómetros, o pasen años sin que nos veamos, que siempre, siempre estaremos ahí. Esos correos en cadena que tanto nos gustan y que nos hacen reír a carcajadas en cualquier parte, esas inocentes frases que algún día dijimos y que hoy se repiten hasta hacernos llorar. No hay palabras para describirlas, son mis niñas.
Pero en este árbol caben más personas, grandes amigos que siguen siendo muy importantes para mí y que una sabe que están ahí por más que pase el tiempo.
A algunas ramas de este ejemplar, tristemente les alcanzó el rayo del olvido y las partió, dejando hoy solo la mitad de una rama quebrada que mantiene el recuerdo de algo que un día estuvo ahí. Pero esto son cosas que pasan en la vida, y por más que lo sepas, no puedes evitar decepcionarte cuando algo así ocurre.
También aquí hay hojas que hoy bailan al son de otros vientos, pero ahí están y seguirán, porque el cariño por lo vivido les hacen ser resistentes.
En mi jardín no podía faltar un naranjo que se llena de azahar al llegar la primavera. No hace falta que diga qué hojas tiene, éstos saben perfectamente de qué rama cojea cada uno, porque lo bueno de las relaciones es que el 90% de las veces, el sentimiento es mutuo. Este naranjo mágico tiene muchas virtudes, da rosas durante todo el año, de él cuelgan como en el árbol de navidad, caballeros morenos, hojas serranas, brotes inmaculados y algún que otro insecto metamorfoseado y con mucho peligro, y aunque no le podamos pedir peras, también hay hojas que dan muchísima energía. Hay también una rama que guardo con muchísimo cariño, la rama del CDM.
De Madrid tengo varias semillas plantadas, algunas no se aún que árboles darán, pero ya asoman los primeros brotes de un madroño del que cuelgan un yin y un yang.
Las choperas de mi jardín (esto hay que pronunciarlo con la boca bien abierta, como haría un auténtico granaíno), no son menos importantes. Pese a que en octubre su hoja se amarillea y cae, el ciclo de la vida hace que se descomponga y vuelva en forma de nutrientes al árbol del que salió, porque está claro que incluso las relaciones caducas dejan huella, para bien o para mal, lo importante es aprender de la experiencia y que no te salga una manzana podrida.
Dicen que los verdaderos amigos podrían contarse con los dedos de las manos. Pues yo debo ser más parecida a un ciempiés que a un humano, porque aún con los pies, no tengo dedos suficientes para contarlos a todos, por eso me considero muy afortunada, y salgo siempre que puedo a regar mi jardín de la alegría.
¿Y tú qué eres, perenne o caduca?

No hay comentarios:

Publicar un comentario