Un abrazo es cálido, suave y reconfortante. Según la
intensidad con que lo des, puedes hasta sentir los latidos de la otra persona
en tu propio pecho. Poco a poco la respiración de los dos se va sincronizando,
al compás de 2/4: 1, 2, 1, 2...
El abrazo es compartido, es recíproco, tranquilizador y sincero.
Eres totalmente consciente de lo que te ofrece la otra persona cuando te
abraza. Mientras más tiempo pases en esa postura, siempre y cuando la complicidad
con la otra persona lo permita (con poca confianza un abrazo de más de 5
segundos puede terminar siendo cuanto menos incómodo) más vas advirtiendo otras
sensaciones a tu alrededor, el olor de la otra persona, la temperatura
corporal, el tacto de su piel. Cerrar los ojos y dejarse llevar en las
sensaciones de paz que suscita el abrazo, acompañarlo de una caricia, que se
te pongan los vellos de punta. Ronronear.
Dicen los expertos, que el abrazo sube la autoestima, baja
la presión arterial, propicia la segregación de oxitocina y reduce la
segregación de cortisol, una hormona que se produce en el organismo ante
situaciones estresantes. No sé qué más argumentos darte para que empieces a practicarlo,
en cualquier momento del día, en cualquier parte.
Apto para todos los públicos.

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