viernes, 26 de marzo de 2010

Un viaje freudiano

El otro día salí a pasear.
Hacía buen tiempo, había luz. Las flores comenzaban a salir y la ciudad me daba la bienvenida.
Las aceras estaban inusualmente vacías, y yo me movía al son de una extraña música que no comprendía de dónde venía.
De pronto me paré frente a una gran cuesta que no recordaba haber visto antes. La subí, pesadamente al principio, a un ritmo más ligero conforme llegaba a la cima. Desde arriba pude ver un serpenteante horizonte que dibujaba cuestas cada vez más elevadas.
Una sorprendente sensación de fuerza sacudió mi cuerpo, y sin más, empecé a correr.
Bajé una cuesta, y subí la siguiente. Corría tan rápido que no sentía la existencia de mis piernas.
Al llegar a la cresta de la segunda colina, abrí los brazos en cruz y me elevé del suelo de manera inconsciente.
No tuve miedo. Yo marcaba mi rumbo.
Volaba cerca del suelo, con el cuerpo paralelo a él. Pronto dejé la ciudad y llegué al bosque, sintiendo la velocidad al rozar las copas de los árboles.
Me desplazaba a izquierda y derecha sorteando obstáculos, de forma natural y rítmica.
El viento soplaba a mi favor y me seguía en mi camino, como si fuera un compañero.
De vez en cuando tomaba tierra, y caminaba unos pasos, pero al final, siempre volvía a elevarme del suelo.
Ahora me bastaba con dar un par de zancadas y sacar el pecho hacia el Sol, a la vez que daba un salto infinito. Entonces emprendía la marcha y seguía mi dulce camino.

Sonó el despertador y la realidad me devolvió bruscamente a mi habitación.
"Cinco minutos más!" me pedí. Tenía que volver a sentir esa paz.
Cerré los ojos y dí una última vuelta, sabedora de que tenía que despedirme. Esta vez sí, volví serena a mi cama.
Era la hora de levantarse.

lunes, 22 de marzo de 2010

Mi Decálogo para pasar de la más absoluta oscuridad, a la luz más radiante

1.- Abre tu mente, siéntete libre, no permitas que nada te corte las alas y te impida volar. Piensa qué está fallando en tu vida y busca una solución, pero si ves que no la tiene (como dice un amigo valenciano), métele fuego, quema todo lo que te haga mal!!

2.- Búscate un objetivo, una meta, un sueño, un aliciente por el que levantarte cada día. Aunque el proceso sea largo y te pierdas varias veces por el camino, no desesperes, lo importante es que sepas a dónde quieres llegar, aunque desconozcas la parada exacta. El resto, son experiencias que te harán más fuerte.

3.- Rodéate de buena gente, de gente de luz, y acude a ellos cuando lo necesites, porque siempre estarán ahí. Deja a un lado las malas influencias y aquellos que solo te buscan por interés. Sabrás distinguirlos sin problema. Pero sigue abierto a conocer a personas interesantes, te pueden sorprender gratamente.

4.- Prepárate una banda sonora que te acompañe en los buenos momentos o te transporte a ellos cuando las tinieblas se ciernen sobre ti.

5.- Equilibra tu energía. Busca un buen maestro.

6.- Busca tu rincón especial y piérdete en él siempre que puedas.

7.- Cuídate, quiérete y date caprichos de vez en cuando. Si no lo haces tú, no esperes que lo hagan los demás.

8.- Pide perdón cuando tengas que hacerlo. Y perdona tú si te lo piden con sinceridad. No se puede ser feliz con la conciencia intranquila.

9.- Sal a la calle y sonríe. Ríete de ti mismo y de los demás, ríete con los perros y con los niños. Ríete del mundo, pero plántale una gran sonrisa a la vida.

10.- Cómete una onza de chocolate de vez en cuando, endúlzate la vida!!!


domingo, 14 de marzo de 2010

Grimhilde

Maldad. Todos hemos sido malos alguna vez. Puede que algunos por ambición, otros por aburrimiento de sus propias vidas, pero todos en general por las circunstancias que nos rodean. No creo que haya nadie 100% bueno o malo. Aquí no existe el blanco o negro.

Si bien es cierto que puedes estar demasiado tiempo en el lado oscuro, pero eso es porque algo va mal en tu vida, aunque no lo sepas. Yo hasta hace poco me consideraba mala persona (tampoco es que ahora sea la madre Teresa de Calcuta, pero sí soy más optimista). Por entonces no sentía que tuviera una vida plena, no era del todo feliz, y puteaba a las personas que tenía más cerca. A todas ellas, lo siento. No era yo. Por más que me dijera a mí misma “no me voy a enfadar, no me voy a enfadar”, cuando llegaba el momento clave, se producía una especie de cortocircuito en mi cabeza, y Mr Hyde se apoderaba de mí. Entonces ya no había quién me detuviera. A la otra persona solo le quedaba capear el temporal y esperar a que el sol volviera a salir.

De pequeña también fui mala alguna que otra vez. Con 7 añitos me dejaron bajo el cuidado de mi muchacha Luisa. Era verano en Sevilla, a eso de las 2 de la tarde. Por algún motivo me enfadé mucho con ella y como de luces la tal Luisa no andaba muy bien, la encerré en la terraza durante unas horitas, y me senté a ver como chillaba a través de la puerta de cristal. Un poco japuta, sí.

El caso es que ahora que he cambiado, puedo ver las cosas desde fuera y aprender de los errores. Y gran parte de la culpa de ese cambio la tiene mi soldado, que ha estado a mi lado cruzando el Amazonas, con el agua por la cintura, el fusil levantado y las pirañas comiéndonos los tobillos; en Saigón también estuvimos juntos cuando fuimos apresados por el Viet Cong, allí tuvimos muchas bajas, pero finalmente sobrevivimos. Aunque mejor será que no me pierda contando viejas batallas.

No creo por tanto que la maldad sea un estado permanente, sino circunstancial, pero aún así se hace daño a otras personas. Desde aquí le digo a mi compi que está aguantando a una hija de Satanás que sea fuerte, y que si lo necesita aquí tiene a una teniente y a su pelotón dispuestos para la guerra en el momento en que dé la señal.

Así que ya sabéis, si alguna vez os encontráis con alguien así, es que algo no va bien en su vida. Y si no podéis hacer nada al respecto quizás os venga bien probar con un poco de chocolate (para endulzarles un poco la vida), un abrazo a tiempo (es importante que sea a tiempo ya que sino puede cargar aún más el azote de la ira), y sobre todo mucha paciencia (o un tiro en la cabeza y salvar al mundo del dragón).

sábado, 6 de marzo de 2010

Meteopática

El día había amanecido despejado. Clara se asomó a la ventana y supo que tenía que salir de casa cuanto antes, no quería perder ni un minuto de luz. Hacía semanas que no paraba de llover y hoy por fin el tiempo había dado una tregua.
Se colocó sus botas y salió corriendo del apartamento. Como venía siendo costumbre, se abrigó por el camino mientras la sensación de frío iba calando por su cuerpo. Paró en la cafetería de la esquina y pidió café para llevar, entonces sintió que no le faltaba nada para disfrutar de un día así.
Fue directa al parque, su parque. Caminaba dando pequeños sorbos al café, aun estaba demasiado caliente. Apretó las manos alrededor del vaso de papel para calentarlas.
Una vez allí, caminaba observando a la gente con la que se cruzaba mientras imaginaba historias sobre la vida de cada uno… Le gustaba intentar adivinar sus profesiones, su vida familiar, los pensamientos de aquel ese instante... Probablemente aquel chico había discutido con su novia, esa otra estaba esperando a unas amigas, y esa señora añoraba a su marido, al que había perdido hacía unos años…
Seguía caminando. Viendo a los niños más pequeños jugar, la cosa era más fácil, simplemente eran felices, sin ningún tipo de preocupación ni remordimientos.
Por fin llegó a su rincón especial. Se sentó sobre el césped que cubría el suelo, sin importarle que estuviera húmedo por la lluvia de los últimos días, y contempló el lago. El sol centelleaba sobre el agua. Barcas intermitentes rondaban de un lado a otro rompiendo la quietud de la zona. Clara cerró los ojos y se dejó envolver por una sensación de paz absoluta. Ya no existía ningún problema, no podría recordar, por más que lo intentase, nada que le perturbase ese momento de calma. Sentía el sol rozando sus mejillas. No era una sensación de calor, era más bien como si él se acercase a besarle y parase a pocos centímetros de su piel, podría sentir la pasión de la otra persona transformándose en calor. Sonreía. Sus labios dibujaban una media luna en su cara.
Había llegado el momento de volar.
Se recostó sobre la hierba aún húmeda de los días anteriores. No importaba nada. El sol había salido...
Conectó los auriculares de su ipod, y la medicina comenzó a sonar.
Pese al frío invierno, el sol calentaba su ropa. Se quitó los zapatos y acarició el césped con sus pies.
La media sonrisa seguía en su cara. No sonreía para nadie. No esperaba que le estuviesen mirando, así que simplemente lo hacía.
Cerró los ojos. Respiró hondo. Entonces dejó escapar un suave ronroneo. Puro placer.
Permaneció en esa postura el tiempo suficiente para que la energía fluyera de la Tierra a ella, y de ella a la Tierra.
Cuando se supo satisfecha, se incorporó ligeramente, flexionó las rodillas y apoyó la cabeza sobre ellas. Con los brazos rodeó sus piernas.
Miró a su alrededor y vio pequeños gorriones dando saltitos de aquí para allá, comiendo las semillas que encontraban en el suelo.
Parecía bailar al ritmo de la música. Clara no se movió y ellos permanecieron impasibles a su presencia.
El sol comenzaba a descender y la temperatura bajaba. Tocó sus calcetines con la punta de los dedos y notó los pies calados. Era el momento de irse.
Quizás mañana el sol volvía a salir.
Quizás mañana podría volver a encontrarse a sí misma. Justo allí, en su parque, en su rincón.